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Tarjeta roja en sostenibilidad: el Mundial que todos podemos perder

¿Es sostenible la mayor fiesta futbolística del mundo? Pocos se lo preguntan; es más, quizás ni se plantee como un cuestionamiento válido para las grandes mayorías.

La Copa Mundial de 2026 será la mayor fiesta futbolística de la historia, pero también puede convertirse en el torneo más contaminante jamás organizado. La pregunta no es si el fútbol puede hablar de sostenibilidad, sino si sus decisiones reales son coherentes con ese discurso.

Los grandes eventos concentran a millones de personas y multiplican el consumo de agua, energía, alimentos y materiales. También generan residuos, contaminación local y emisiones de gases de efecto invernadero. El problema se agrava porque las personas no siempre actúan conforme a sus buenas intenciones. En medio de una multitud, operamos muchas veces en “piloto automático”: imitamos a los demás, optamos por lo más fácil y seguimos las opciones predeterminadas. Por eso no basta con pedir conciencia ambiental. Los organizadores deben facilitar conductas sostenibles mediante el transporte público accesible, la separación clara de residuos, la reducción de desechables y opciones responsables que sean simples y visibles.

Un evento verdaderamente sostenible debe reducir sus impactos ambientales, sociales y económicos antes, durante y después de celebrarse, y dejar un legado positivo. Esto exige prevenir la generación de residuos, evitar plásticos de un solo uso, disminuir el desperdicio de alimentos, limitar artículos promocionales innecesarios, ahorrar agua y energía, y asumir responsabilidad a lo largo de toda la cadena de proveedores. Subcontratar servicios no implica subcontratar responsabilidades.

El Mundial 2026 se aleja de ese ideal por su propia escala. Pasó de 32 a 48 selecciones, de 64 a 104 partidos y se distribuye entre 16 ciudades de Estados Unidos, México y Canadá. La asistencia ya rompió récords, con estadios prácticamente llenos y millones de espectadores movilizados en todo un territorio continental. La expansión comercial del torneo choca directamente con cualquier esfuerzo de sostenibilidad.

Las estimaciones de su huella climática varían, pero todas son alarmantes. Algunos cálculos hablan de 3,7 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente; Greenly estima cerca de 7,8 millones, y otros estudios elevan la cifra a 9 millones. La diferencia revela que no existe un acuerdo pleno sobre qué emisiones se contabilizan. Sin embargo, sí hay consenso en torno al principal responsable: el transporte de los aficionados.

Cerca del 88% de las emisiones podrían provenir de los desplazamientos de los espectadores, especialmente de los vuelos internacionales y de los traslados entre sedes. Se esperan unos 2,1 millones de visitantes internacionales, muchos de ellos obligados a recorrer enormes distancias en una región sin una red ferroviaria rápida que conecte todo el territorio durante el torneo. Así, el ahorro logrado al utilizar estadios existentes queda ampliamente superado por las emisiones de carbono en la atmósfera.

También existe una huella menos visible: transmisiones televisivas, streaming, centros de datos, satélites, plataformas digitales, apuestas y millones de dispositivos conectados. El espectáculo no termina en los estadios; su consumo global demanda enormes cantidades de energía.

El costo no es solo ambiental. Visas, transporte, alojamiento y entradas elevadas convierten el Mundial en una experiencia reservada para quienes pueden pagarla. En México, además, el torneo aumenta la presión sobre ciudades que ya sufren sequía, fugas y un abastecimiento irregular. Se ha advertido que el consumo de agua podría crecer hasta un 40% en la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Mientras las comunidades enfrentan la escasez, la FIFA exige césped natural de alto consumo hídrico. La pregunta es inevitable: ¿puede priorizarse el espectáculo por encima del derecho humano al agua?

A esto se suma la contradicción de los patrocinios. La alianza de la FIFA con Saudi Aramco ha sido denunciada por activistas, aficionados y futbolistas como “lavado deportivo” y “lavado verde”. No resulta creíble promover metas climáticas mientras se otorga visibilidad mundial a una de las mayores empresas petroleras del planeta. El capital fósil busca asociarse con la alegría colectiva del fútbol y normalizar su presencia.

Hay esfuerzos valiosos: estadios certificados, paneles solares, ahorro de agua, reciclaje, compostaje, transporte público prioritario, vehículos eléctricos y reducción de plásticos. La FIFA también promete medir las emisiones y alcanzar emisiones netas cero en 2040. Pero estas medidas locales no resuelven el problema central: un torneo cada vez más grande, disperso y dependiente de los vuelos.

El Mundial puede dejar una huella positiva si mejora de manera permanente la infraestructura hídrica, el transporte, la gestión de residuos y la participación ciudadana. Pero para ello se necesita algo más que certificaciones y campañas. Hay que cambiar el modelo. No se puede expandir indefinidamente el negocio, aumentar partidos, sedes y vuelos, y al mismo tiempo afirmar que se protege el planeta.

Si la sostenibilidad pierde frente al espectáculo, la tarjeta roja no será solo para la FIFA: todos perderemos el partido.