Cada 12 de julio, Costa Rica recuerda una de las tragedias hospitalarias más dolorosas de su historia. En la madrugada de ese día, en 2005, un incendio en el Hospital Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia cobró la vida de 23 personas.
Han transcurrido 21 años, pero una conmemoración responsable no puede limitarse a recordar a las víctimas, colocar una ofrenda o repetir que algo semejante nunca debería volver a ocurrir. La memoria pública adquiere verdadero sentido cuando se transforma en prevención, decisiones oportunas y acciones concretas.
No se trata de utilizar una fecha dolorosa para generar temor o morbo. Se trata de comprender que el mejor homenaje que podemos rendir a quienes perdieron la vida consiste en evitar que otra tragedia encuentre al país con riesgos conocidos, advertencias desatendidas y respuestas que permanecen indefinidamente “en proceso”.
Esta reflexión tiene una relación directa con la situación actual del Hospital Nacional de Geriatría y Gerontología Dr. Raúl Blanco Cervantes.
A solicitud de la Junta de Salud, el Cuerpo de Bomberos realizó una evaluación de las condiciones de seguridad contra incendios y seguridad humana del hospital. El resultado fue contundente: se formularon 38 observaciones, 15 de ellas clasificadas como críticas y necesitadas de medidas preventivas urgentes.
Entre los hallazgos se encuentran problemas en la cobertura y funcionamiento de los sistemas de rociadores automáticos; ausencia o insuficiencia de iluminación de emergencia; salidas que no reúnen las condiciones adecuadas; deficiencias en las barreras cortafuego; y riesgos relacionados con el almacenamiento y la distribución de gas licuado. También hemos insistido en la necesidad de contar con un verdadero plan de continuidad y evacuación que responda a las características particulares de la población atendida por el hospital.
Estas no son observaciones menores ni simples incumplimientos administrativos. Se relacionan directamente con la protección de la vida de pacientes, funcionarios, acompañantes y visitantes.
La evacuación de un hospital geriátrico no puede analizarse como la evacuación de una oficina o de cualquier otro edificio. Muchas de las personas hospitalizadas presentan movilidad reducida, dependencia funcional o condiciones de salud que requieren asistencia permanente. Algunas no podrían desplazarse por sus propios medios y dependerían completamente del personal, de equipos de apoyo y de rutas de evacuación realmente accesibles y seguras.
Por eso, cada deficiencia adquiere una dimensión mucho más seria.
El hospital funciona, además, en una infraestructura de casi siete décadas, cuya vida útil ha sido ampliamente superada y que presenta limitaciones para responder a las necesidades actuales de atención, accesibilidad, tecnología y seguridad.
El riesgo de incendio no es el único aspecto que debe preocuparnos. Costa Rica es un país sísmico y la antigüedad de una edificación hospitalaria obliga a mantener evaluaciones estructurales actualizadas, rigurosas y transparentes. No corresponde afirmar, sin estudios técnicos, que el edificio no resistiría un terremoto, pero tampoco sería responsable asumir que su antigüedad y deterioro no representan ninguna preocupación. La seguridad no puede descansar en suposiciones.
Frente a esta realidad, debemos evitar una falsa disyuntiva: corregir las deficiencias de la sede actual o construir el nuevo hospital.
Ambas cosas son indispensables.
Las personas que hoy reciben atención en el Blanco Cervantes no pueden esperar años para contar con condiciones básicas de seguridad. Las observaciones críticas formuladas por el Cuerpo de Bomberos deben atenderse mediante un cronograma público que indique las obras requeridas, los responsables, el presupuesto asignado y las fechas de cumplimiento. Asimismo, el hospital necesita un plan de emergencia, evacuación y continuidad operativa adaptado a una población que requiere asistencia especializada.
Al mismo tiempo, Costa Rica debe acelerar de manera decidida la construcción de la nueva sede.
En marzo de 2026, la Junta Directiva de la Caja Costarricense de Seguro Social conoció una programación que podría llevar el proyecto hasta 2038. Ese horizonte resulta incompatible con la urgencia sanitaria, demográfica y estructural que enfrenta el país. Una persona adulta mayor que hoy tenga 75 años tendría 87 para entonces. No podemos pedirle a toda una generación que espere más de una década para recibir atención en una infraestructura moderna, accesible y segura.
La adquisición de los terrenos ha mostrado avances importantes, pero todavía deben completarse la planificación, los estudios técnicos, el plan funcional, las autorizaciones de inversión y la definición de los recursos necesarios. Estos procesos deben realizarse con rigor, pero el rigor técnico no puede convertirse en sinónimo de inmovilidad ni la tramitología en una justificación permanente para postergar decisiones.
El envejecimiento de Costa Rica tampoco se detendrá mientras avanzan los expedientes. El Instituto Nacional de Estadística y Censos estima que la proporción de personas de 65 años y más se duplicará entre 2024 y 2044 y que, para 2050, una de cada cuatro personas en el país pertenecerá a ese grupo de edad.
El nuevo Hospital Geriátrico no es, por tanto, una obra opcional, un lujo arquitectónico ni una aspiración para algún futuro lejano. Es una necesidad nacional de salud pública.
Desde la Junta de Salud hacemos un llamado respetuoso, pero enérgico, a la Junta Directiva y a la Presidencia Ejecutiva de la CCSS, a las autoridades del hospital y a todas las instancias responsables de la planificación y la inversión pública para que adopten tres decisiones inmediatas: atender con plazos verificables las observaciones críticas del Cuerpo de Bomberos; establecer y ejecutar un plan de evacuación y continuidad operativa adecuado para la población geriátrica; y revisar el cronograma del nuevo hospital para acelerar su planificación, financiamiento y construcción.
La prevención casi nunca ocupa grandes titulares. Cuando funciona, precisamente, lo que produce es una tragedia que nunca ocurrió. Pero para prevenir se necesita actuar antes del incendio, antes del terremoto y antes de que una advertencia técnica se convierta en una noticia irreparable.
Veintiún años después de la tragedia del Hospital Calderón Guardia, recordar debe significar aprender. Y aprender debe significar actuar.
No necesitamos otras 23 razones para hacer hoy lo que ya sabemos que corresponde.
