Hay videos que uno quisiera no haber visto. El que comenzó a circular el pasado 25 de julio fue uno de ellos. Mientras Costa Rica conmemoraba una fecha que representa nuestra historia, nuestra identidad y nuestra vocación democrática, desde una tarima se hicieron alusiones a una posible dictadura y al cierre del Poder Judicial. Más allá de las palabras pronunciadas, hubo algo que me preocupó todavía más: la naturalidad con la que el público las recibió, entre risas y aplausos.
Quizá ese sea el problema más serio que enfrentamos como sociedad. No únicamente lo que dicen quienes ejercen el poder, sino aquello que nosotros hemos empezado a aceptar con una preocupante normalidad. Cuando dejamos de indignarnos frente al deterioro de la cultura democrática, comenzamos a perder algo mucho más importante que una discusión política: empezamos a perder el sentido de los límites que protegen nuestra libertad.
Las democracias viven del debate. Se fortalecen con la crítica, con la confrontación respetuosa de las ideas y con la existencia de instituciones capaces de ejercer controles sobre el poder. La separación de poderes, la independencia judicial, la libertad de prensa y el Estado social de derecho no son obstáculos para gobernar; son precisamente las garantías que protegen a toda la ciudadanía, incluso cuando gobierna alguien con quien no coincidimos.
Los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt recuerdan en How Democracies Die que las democracias contemporáneas rara vez desaparecen mediante un golpe de Estado. Suelen erosionarse lentamente, cuando la ciudadanía deja de valorar las reglas democráticas, cuando los contrapesos empiezan a verse como un estorbo y cuando las instituciones pierden legitimidad a fuerza de ser desacreditadas día tras día.
Pero hay otro fenómeno igual de preocupante.
Hemos reducido el debate político a un intercambio de etiquetas. Hoy basta con llamar a alguien "zurdo", "facho", "comunista", "progre", "neoliberal" o "vendido" para creer que se ganó una discusión. Lo paradójico es que muchas de las personas que utilizan esas palabras desconocen su verdadero significado. Corrientes de pensamiento con décadas e incluso siglos de desarrollo filosófico e histórico han quedado reducidas a simples insultos.
Ese empobrecimiento del lenguaje termina empobreciendo también la democracia.
Cuando dejamos de discutir ideas para limitarnos a etiquetar personas, dejamos de pensar. Cuando dejamos de analizar argumentos para repetir consignas, dejamos de actuar como ciudadanos y empezamos a comportarnos como hinchas. El fanatismo sustituye al pensamiento crítico y el adversario deja de ser alguien con quien se puede debatir para convertirse en alguien a quien hay que derrotar.
Hemos convertido el desacuerdo en enemistad y la diferencia de opinión en motivo de descalificación.
Resulta detestable alimentar la paranoia colectiva cuando eso termina profundizando el miedo, el resentimiento y la división entre los costarricenses. Más grave aún resulta sostener afirmaciones falsas o sin sustento simplemente porque alimentan los discursos de odio y el resentimiento de determinados sectores de la población.
Estamos erosionando nuestra democracia a punta de bronca, resentimiento y renuncias al pensamiento crítico.
Las consecuencias ya empiezan a sentirse mucho más allá de la política.
Cada vez escucho a más costarricenses decir exactamente lo mismo: que dejaron de ver noticias, que apagaron la televisión, que ya no soportan los programas de opinión o que prefieren alejarse de las redes sociales porque no aguantan tanta agresividad. No hablan de desinterés. Hablan de agotamiento.
La Organización Mundial de la Salud ha advertido que el bienestar mental está profundamente influido por el entorno social. Cuando una sociedad vive expuesta de manera permanente al conflicto, la hostilidad y la polarización, aumentan el estrés, el desgaste emocional y la sensación de desesperanza.
La salud mental también se gobierna
Gobernar no consiste únicamente en administrar la economía, construir infraestructura o combatir la delincuencia. También implica comprender que el tono del liderazgo político influye en la manera en que convivimos. Pero esa responsabilidad no termina en quienes ejercen el poder. También alcanza a cada ciudadano que comparte información sin verificar, celebra el insulto o justifica el odio simplemente porque coincide con sus preferencias políticas.
Hoy quiero hacer una pausa para hablarles, especialmente, a quienes tienen la dicha de ser abuelos.
Imaginen esta escena.
Su nieto llega un día de la escuela o del colegio después de haber estudiado un capítulo de la historia reciente de Costa Rica. Se sienta a su lado y, con esa honestidad que solo tienen los niños y los jóvenes, les hace una pregunta que ningún abuelo quisiera escuchar.
—Abuela... abuelo... cuando todavía estaban a tiempo de evitarlo, ¿qué hicieron para que hoy nosotros heredáramos este país?
No les preguntará por quién votaron. Tampoco les preguntará si apoyaban a un gobierno o a una oposición. Les hará una pregunta mucho más difícil.
¿Qué hicieron ustedes cuando comenzaron a parecer normales las burlas hacia la democracia, cuando se aplaudían discursos que relativizaban la importancia de la separación de poderes y cuando las instituciones empezaron a ser tratadas como un obstáculo y no como una garantía de nuestras libertades?
Tal vez recuerden que compartían publicaciones porque "se tenía que decir y se dijo". Que celebraban porque "está bueno que se lo digan en la cara". Que llamaban "cremita de rosas" a cualquiera que expresara preocupación por la democracia. Que aplaudían discursos sin detenerse a pensar si fortalecían o debilitaban las instituciones que durante décadas protegieron nuestras libertades.
Entonces llegará el silencio.
Porque habrá una respuesta que ningún abuelo quisiera tener que dar.
Perdón. Pensé que eran solo palabras. Pensé que nuestra democracia era tan fuerte que nada podía pasarle. Nunca imaginé que los aplausos fáciles, los silencios y la indiferencia también terminaran construyendo el país que hoy ustedes recibieron."
La historia demuestra que las democracias rara vez desaparecen de un solo golpe. Empiezan a debilitarse cuando demasiados ciudadanos dejan de defenderlas porque creen que siempre habrá alguien más que lo hará por ellos.
Los gobiernos pasan. Los presidentes pasan. Los partidos pasan. Lo que permanece es el país que cada generación decide construir.
Las futuras generaciones no heredarán únicamente las decisiones de los políticos. Heredarán también nuestras decisiones, nuestros silencios, nuestras indiferencias y el valor —o la falta de valor— que tuvimos para defender la democracia cuando todavía estaba en nuestras manos hacerlo.
Porque una democracia no empieza a debilitarse cuando deja de hablar. Empieza a debilitarse cuando deja de pensar.
Y esa generación somos nosotros.
