Inicio esta nota agradeciendo a la vida por haberme hecho artista. Con orgullo puedo decir que este país me ha dado mucho —quizá casi todo— para poder desarrollarme como músico y, con ello, sentirme parte de eso que llamamos el arte nacional. También agradezco a quienes, con una visión que hoy podemos valorar todavía más, establecieron el 20 de agosto como Día del Artista Nacional. La Ley N.° 8014, aprobada por la Asamblea Legislativa en el año 2000 y promulgada durante el gobierno del Dr. Miguel Ángel Rodríguez Echeverría, reconoció así la importancia de quienes se dedican al arte dentro del engranaje cultural del país.
Pero, como ocurre con toda efeméride, existe el riesgo —ojalá no sea así— de que termine convirtiéndose en un hecho aislado, celebrado con entusiasmo durante un día y olvidado durante los otros 364. Pienso en algunas devociones: quienes peregrinan cada agosto a visitar a la Negrita y luego continúan su vida cotidiana hasta que vuelve a llegar ese mes. No lo digo como juicio ni señalamiento, sino como una imagen cercana para reflexionar sobre aquello que conmemoramos con intensidad en un momento y que puede perder presencia el resto del año.
Resulta también curioso que una de las formas más habituales de reconocer institucionalmente a quienes se dedican al arte sea mediante actividades en las que ellos mismos participan. Es natural, y está muy bien: quienes hacemos arte celebramos haciendo lo que sabemos hacer, compartiendo nuestro trabajo con el público. Pero quisiera aprovechar esta fecha para detenerme en algo que va más allá de la celebración misma.
La actividad artística, realizada de manera formal o informal, tanto por personas con formación académica como por quienes la practican desde el interés y la vocación, tiene una capacidad extraordinaria para hacernos vivir en un mundo mejor. Nos permite imaginar otros mundos, despierta nuestra creatividad, amplía nuestra manera de percibir la realidad y, en ocasiones, nos regala algo que no es fácil de explicar: el asombro. Más allá del impacto económico que tiene la actividad cultural —al cual no me referiré aquí, aunque tampoco puede desdeñarse dentro del desarrollo del país—, quisiera pensar que todavía tenemos la posibilidad de entender la cultura y las artes más allá de conceptos como los productos culturales, las industrias creativas o la llamada “economía naranja”.
Quienes se dedican al arte cumplen una función que considero tan importante como la de quienes educan: participan en la formación y el desarrollo crítico de los pueblos, pero también en su salud espiritual, en la construcción de su identidad y en su equilibrio emocional. Aquí encuentro particularmente sugerente el pensamiento del educador y teaching artist estadounidense Eric Booth. Este autor insiste en que el arte no debería entenderse solamente como un sustantivo —una obra, un concierto, una pintura, una representación—, sino también como un verbo: algo que hacemos. Para él, en la experiencia artística entran en juego acciones como atender, imaginar, elegir, evaluar, establecer conexiones y transformar nuestra manera de percibir.
Me interesa especialmente esta idea porque nos recuerda que el arte no pertenece exclusivamente a quienes hemos pasado por una academia. La capacidad artística es mucho más amplia que la formación profesional. También está en la manera en que una persona observa, transforma, combina, inventa y encuentra nuevas posibilidades en aquello que tiene frente a sí.
Quienes nos dedicamos profesionalmente al arte tenemos, en ese sentido, un privilegio y también una responsabilidad: podemos ser ese enlace hacia otros mundos y propiciar en otras personas experiencias de imaginación, reflexión y asombro. Costa Rica ha sido, históricamente, un país que ha apostado por la educación y por la cultura, y en muchos momentos ha constituido un referente dentro de nuestra región.
Precisamente por eso, el Día del Artista no debería limitarse a reconocer la labor de quienes nos dedicamos a las artes. También debería servir para preguntarnos cómo podemos seguir valorando, fortaleciendo y apoyando ese quehacer desde las instituciones públicas y privadas, pero, sobre todo, cómo logramos que la población costarricense comprenda mejor el verdadero valor y el potencial del arte en la generación de conocimiento y bienestar social.
Esta tarea de concientización no corresponde únicamente a la población en general. También es necesaria dentro de la academia y de nuestras propias instituciones, donde no siempre se comprende la dimensión de lo artístico más allá de sus productos, sus resultados cuantificables o sus posibilidades profesionales. Quizá esa debería ser una de las principales consignas de este día: no solamente reconocer a quienes hacen arte, sino recordar por qué el arte es importante para la sociedad.
Pienso en ello y recuerdo unas palabras que forman parte de la Marcha de la Universidad de Costa Rica: “en el arte, la ciencia y el bien”. La letra es de Arquímedes Jiménez y la música de Julio Mata Oreamuno. No sé si quienes escribieron esos versos pensaron en el orden de esas tres palabras como una jerarquía. Probablemente no. Pero sí me resulta significativo que el arte aparezca allí, desde la década de 1940, junto a la ciencia y al bien como una de las expresiones del progreso.
Aunque vengo de la academia y debo mucho de mi formación a ella, también reconozco que el arte es muchísimo más amplio que aquello que aprendemos en una escuela o una universidad. Los saberes artísticos son diversos y muchas veces se encuentran en lugares donde no solemos buscarlos.
Pienso, por ejemplo, en mi tío “Meco”, de Atenas. Ya octogenario, durante buena parte de su vida fusionó el arte del tallado con la funcionalidad en un oficio muy particular: la elaboración de yugos. En su taller había conocimiento, destreza, creatividad y una profunda comprensión de los materiales. Ha sido, en todos los sentidos, un artista.
Sin embargo, ese oficio, como tantos otros, ha ido cayendo en desuso a medida que cambian las necesidades y las formas de vida. Historias como la de mi tío me recuerdan que el arte no siempre tiene un escenario, una galería, un museo o una sala de conciertos. A veces está en un taller, en una casa, en una plaza, en una iglesia, en las manos de una persona que aprendió su oficio de otra y que, a su vez, lo transmitió durante generaciones.
Por eso agradezco que exista un día para reconocer a quienes hacemos arte. Pero espero que la reflexión, el reconocimiento y el apoyo no se queden en una fecha. Que el 20 de agosto no sea solamente una ocasión para festejar, sino una oportunidad para recordar, durante todo el año, que el arte también es una forma de conocimiento, una manera de imaginar y expresar lo que somos y pensamos, de hacer oír nuestras voces, y también una manera de construir bienestar y, especialmente en estos tiempos aciagos, de mantener abierta nuestra capacidad de mirar, cuestionar y transformar la realidad.
