Hace poco, una diputada llamó "damas de compañía" a dos colegas. No cuestionó sus argumentos, ni su voto, ni su gestión. Cuestionó su cuerpo. El Plenario terminó aprobando una moción que calificó la frase de "ofensiva, denigrante e incompatible con el respeto y la dignidad" que exige la función pública, con el voto de dos diputados oficialistas que rompieron la línea de partido. Uno de ellos dijo que había sido "un tema de conciencia" y que ya le había pedido a su compañera que se disculpara. Ella se negó.
Ese episodio no fue aislado. Semanas antes, otro diputado había cuestionado la capacidad y la inteligencia de la presidenta de la República —no sigo su línea política, pero no dudo de su inteligencia— con un tono condescendiente que derivó en insultos cruzados. El Observatorio de Violencia Política contra las Mujeres de la UCR lo resumió con una frase que debería quedar pegada en la puerta de cualquier oficina pública: una cosa es cuestionar una idea y otra muy distinta es descalificar a una mujer por su condición de mujer.
Como coach que trabaja con líderes todos los días —incluso con más mujeres que hombres—, esa distinción es exactamente lo que separa el desacuerdo legítimo de la violencia disfrazada de opinión. Y es una distinción que muchos de nuestros líderes, de distintos partidos, están fallando en sostener.
Lo que dicen los datos, no solo el titular
Un análisis reciente sobre las diputadas más atacadas en redes identificó los siguientes patrones: 38% de los comentarios son amenazas directas a su integridad, 33% se burlan de su físico o su edad y 14% les sugiere, sin más, que renuncien y vuelvan a labores domésticas (CRHoy). No importa si la diputada es de gobierno o de oposición, de izquierda o de derecha: el ataque cambia de argumento político a ataque personal en el momento exacto en que quien lo recibe es mujer.
Eso tiene un nombre en la ley costarricense: violencia política por razón de género, tipificada desde 2022. Y tiene un costo que casi nunca se contabiliza: cada vez que una legisladora es reducida a un adjetivo sobre su cuerpo o su edad, el mensaje que reciben todas las mujeres que consideran entrar a la política es simple. Aquí el precio de participar no es perder una votación. Es exponerte a esto.
Tres preguntas que todo líder debería hacerse antes de hablar
En mi trabajo con equipos ejecutivos insisto en algo que aplica exactamente igual en un Plenario que en una sala de juntas:
¿Estoy atacando la idea o a la persona? Se puede decir que un proyecto de ley es malo, que una gestión fue deficiente, que un argumento no tiene sustento. Eso es debate. Lo que no es debate es apelar al cuerpo, la edad o el rol de género de quien lo propone. Cuando el ataque cambia de tema en cuanto cambia el género de tu interlocutor, ya no estás debatiendo: estás descalificando.
¿Le diría esto mismo a un colega hombre, en el mismo tono? Es la prueba más simple y la más incómoda, porque casi nadie se hace esta pregunta antes de hablar, solo después de que alguien más se la hace por ellos.
¿Mi silencio es también una posición? Lo más revelador de este episodio no fue solo la frase. Fue que hicieron falta votos de la propia bancada de gobierno para que la Asamblea la condenara. La mayoría del oficialismo se abstuvo o se opuso a "personalizar" la censura. Ahí hay una lección de liderazgo incómoda: cuando el silencio institucional protege a quien agrede, ese silencio también es una decisión y también tiene un costo reputacional.
Lo que realmente está en juego
Costa Rica tiene una de las democracias más estables de la región y no es casualidad: es el resultado de generaciones de líderes que, incluso en desacuerdos profundos, entendieron que la institución vale más que la pelea del momento. Ese legado se erosiona no con una sola frase, sino con la acumulación de silencios, de miradas hacia otro lado, de "así es la política" repetido hasta normalizarse.
La pregunta que le dejo a cualquier persona con poder de decisión, en la Asamblea o en una empresa, no es si condena la violencia de género en abstracto. Es si está dispuesta a nombrarla cuando ocurre frente a ella, sin esperar a que alguien más dé el primer voto.
