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“Abril” y los recortes a la cultura

Vayan a ver Abril. Lo digo de entrada, para no esconder la conclusión al final. El sexto largometraje de Hernán Jiménez, en principio, cuenta algo sencillo —una madre cuya hija adolescente decide irse a vivir con el padre y la pregunta que eso destapa: quién es una mujer más allá de ser mamá—, pero lo cuenta con una honestidad y una naturalidad que en el cine nacional no abundan. Maricarmen Merino sostiene la cinta con una interpretación contenida y verdadera; los diálogos suenan a conversación y no a guion; y San José, filmado con cariño, deja de ser telón de fondo para convertirse en un personaje más.

Hay humor y hay ternura y, sobre todo, hay algo difícil de fabricar: uno sale de la sala con sentido de pertenencia, habiéndose reconocido. No hace falta inflarla con superlativos; basta con decir que es una buena película, que se siente nuestra y que verla en pantalla grande es un pequeño acto de gusto y de país.

Detrás de esa sencillez hay algo que no conviene dar por sentado: talento y hambre de oportunidad. Para armar el reparto, Jiménez lanzó una convocatoria en redes y le respondieron cerca de ocho mil personas sin experiencia actoral, cada una con un video explicando por qué quería ser tomada en cuenta; cuatro terminaron en la pantalla. Ocho mil personas pidiendo una sola cosa: una rendija por donde asomarse.

Ese es el país que a veces olvidamos que somos, y la cultura es justamente esa rendija, la puerta por la que entra quien no tiene otra. Nos devuelve, además, algo que ningún otro sector produce: identidad, la certeza de vernos a nosotros mismos en la pantalla y reconocernos. Y esa identidad no vive solo en el cine: está también en la música que tarareamos, en el autor que nos nombra, en la voz nacional que suena en una fiesta y nos recuerda de dónde somos. Por eso, aplaudir a Abril y no sostener a quienes hacen nuestra música o nuestra literatura sería quedarnos a mitad de camino; la identidad se defiende completa o no se defiende.

A quien vea en esto un gasto suntuario, conviene mostrarle las cifras. Según la Cuenta Satélite de Cultura del Banco Central, en 2019 la cultura aportaba el 2,1% del PIB —tanto como toda la generación eléctrica del país, más que el café y el banano juntos— y daba trabajo a cerca del 2% de la población ocupada. Solo en inversión fílmica extranjera, Procomer registró $11,1 millones en 2025. La cultura no es plata botada: es un sector productivo que exporta, emplea y atrae inversión. Cada colón que el Estado pone ahí no desaparece; vuelve, y vuelve multiplicado en dinero y en sociedad.

Y, sin embargo, la tratamos como lo prescindible. El presupuesto del Ministerio de Cultura y Juventud para 2027 baja a ₡47.961 millones, con un recorte que crece año con año: ₡885 millones menos en 2025, ₡1.400 millones en 2026 y cerca de ₡1.700 millones para 2027. El caso más elocuente es el Festival Internacional de Cine, cuyo financiamiento cae un 71,71%, de ₡159 a ₡45 millones. En ese mismo festival, en julio, Abril se proyectó gratis ante salas desbordadas. Recortamos el escenario donde nace lo que después presumimos como nuestro, y lo hacemos casi a ciegas: en 2020 el aporte cultural ya había caído al 1,7% del PIB, producto de la pandemia, y desde entonces ni siquiera hemos vuelto a medirlo con constancia.

El presupuesto y los recortes parten de una realidad: la recaudación cayó y no debemos endeudarnos más. Sin embargo, lo que invito a revisar es si los recortes deben ir a cultura, dado que no solo los números respaldan su importancia, sino que, además, sin cultura no hay sociedad sana. Existen dos justificaciones enormes para repensar el tratamiento de la cultura como algo suntuario.

No es casualidad, entonces, que la UNESCO insista en que, en tiempos de crisis, la cultura es motor de cohesión social y de esperanza. Ni que el Banco Interamericano de Desarrollo, tras estudiar la violencia juvenil de la región, llegara a una conclusión incómoda para quien solo piensa en patrullas: su raíz es también cultural. En los años más violentos de nuestra historia reciente, ninguna cámara de vigilancia sustituye lo que hacen una biblioteca abierta, un taller de teatro en un barrio o un cine que se llena. La cultura no compite con la seguridad: es seguridad, la más barata y la más duradera que un Estado puede comprar.

Por eso, Abril importa más allá de sus méritos. Es la prueba de lo que perdemos cuando confundimos la cultura con un lujo y no con lo que es: infraestructura de identidad, de economía y de paz. Un país que deja apagarse sus salas, una a una, no ahorra: se empobrece de la manera más difícil de revertir. Ojalá sepamos verlo mientras todavía haya un Abril que ver.