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Actualizamos las máquinas constantemente. ¿Cuándo actualizamos nuestra mente?

Vivimos en un mundo en constante cambio, en el que actualizar se ha convertido casi en una obsesión.

Actualizamos constantemente los teléfonos celulares, los sistemas operativos, los sistemas de trabajo, los procesos en las empresas y las herramientas digitales que usamos diariamente. Recientemente, incorporamos la inteligencia artificial y empezamos a automatizar ciertas tareas, con la certeza de que lo que hoy controlamos podría ya no funcionar mañana o volverse obsoleto.

Pero, a pesar de tanto cambio vertiginoso, hay una actualización de la que hablamos poco: la nuestra.

La tecnología cambia de manera extraordinaria y a gran velocidad. Nosotros, como seres humanos, seguimos enfrentando nuevos desafíos con viejas maneras de pensar, reaccionar, decidir y relacionarnos.

Y tal vez ahí nos toca enfrentar una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: nunca antes habíamos tenido herramientas tan poderosas ni tanta información como ahora. Podemos ampliar nuestras capacidades técnicas y nuestro conocimiento de una manera extraordinaria y, al mismo tiempo, surge una pregunta clave: ¿qué capacidades debemos desarrollar nosotros para mejorar?

¿Cuándo fue la última vez que revisamos, por ejemplo, nuestros patrones mentales y nuestras formas de respuesta automática? Tal vez no los hemos revisado en mucho tiempo o quizá nunca.

La inteligencia artificial no elimina la necesidad de pensar

Es comprensible que buena parte de la conversación actual se concentre en la inteligencia artificial.

¿Qué trabajos desaparecerán? ¿Cuáles cambiarán? ¿Qué nuevas competencias necesitaremos? ¿Qué tareas podremos delegar a una máquina?

Son preguntas necesarias y urgentes.

Pero, en un tiempo de cambio acelerado, se hace necesario agregar otra:

¿Qué capacidades se vuelven todavía más humanas e importantes precisamente porque las máquinas son cada vez más capaces tecnológicamente?

Una herramienta puede ayudarnos a procesar enormes cantidades de información. Puede identificar patrones, generar alternativas, resumir documentos o acelerar tareas que antes requerían horas.

Pero disponer de más información no garantiza necesariamente tomar siempre las mejores decisiones.

Seguimos necesitando criterio para elegir.

Conciencia para reconocer nuestros sesgos y errores.

Flexibilidad para cambiar de opinión.

Capacidad para gestionar la incertidumbre.

Propósito para decidir hacia dónde queremos dirigirnos.

Tomarnos tiempo para descubrir qué disfrutamos más y preguntarnos qué huella queremos dejar hacia el futuro.

Y, más importante aún, preguntarnos cómo podemos potenciar nuestra humanidad, procurar el bienestar y comprender que detrás de muchas decisiones existen personas, relaciones y consecuencias que no pueden quedarse solamente en una base de datos.

Tal vez el gran desafío no sea competir con las máquinas, sino aprender a ser mejores humanos mientras aprendemos a trabajar con ellas.

Nuestro software mental también requiere actualizarse

Todos acumulamos experiencias que van construyendo nuestra manera de interpretar el mundo.

Algunas nos fortalecen. Otras generan creencias, temores, hábitos o respuestas automáticas que seguimos utilizando incluso cuando las circunstancias que les dieron origen ya cambiaron.

Podemos imaginarlo como una especie de software mental.

No porque la mente humana funcione literalmente como una computadora, sino porque la metáfora nos permite formular una pregunta sencilla:

¿Cuándo fue la última vez que revisamos conscientemente la forma en que estamos funcionando?

Hay personas que cambian de trabajo, pero llevan consigo exactamente las mismas respuestas.

Cambian de relación, pero repiten patrones.

Reciben nuevas responsabilidades, pero continúan tomando decisiones desde antiguos temores.

Quieren innovar, pero castigan el error.

Buscan equilibrio, pero han convertido estar permanentemente ocupados en una medida de éxito.

No siempre necesitamos cambiarlo todo. Muchas veces necesitamos identificar qué continúa siendo útil, qué necesita ajustarse y qué ya cumplió su función.

Actualizarse no significa negar nuestra historia. Significa dimensionar lo que tenemos y quedarnos con lo que es importante para nosotros, y no necesariamente con lo que otros —padres, familiares, jefes o amigos— esperan de nosotros.

Significa evitar que nuestras relaciones pasadas y experiencias decidan nuestro futuro. Estamos llamados a encontrar nuestro propio camino, respetando el pasado, pero respondiendo a la voluntad de nuestro propio ser.

Adaptarse sin perderse

Durante años asociamos la capacidad de adaptación principalmente con reaccionar ante el cambio.

Hoy necesitamos algo más.

Adaptarnos implica aprender continuamente sin sentir que cada novedad amenaza nuestra identidad.

Implica ser suficientemente flexibles para explorar posibilidades diferentes y suficientemente conscientes para saber qué principios no queremos abandonar.

Porque también existe un riesgo en la adaptación permanente: intentar responder a todo, seguir todas las tendencias y abrir todas las ventanas al mismo tiempo.

La verdadera flexibilidad no consiste en cambiar por cambiar.

Consiste en poder cambiar cuando el contexto lo requiere sin perder nuestro centro.

Esa capacidad probablemente será cada vez más importante en organizaciones donde personas y sistemas inteligentes tomarán decisiones, aprenderán y producirán conjuntamente.

No todo estrés significa que algo está mal

La velocidad del cambio también ha convertido al estrés en protagonista de nuestra vida cotidiana.

Con frecuencia hablamos del estrés únicamente como algo que debemos eliminar.

Sin embargo, cierta activación puede ayudarnos a concentrarnos, responder y movilizar recursos. El problema aparece cuando vivimos permanentemente por encima de nuestra capacidad de recuperación.

Por eso, quizá la pregunta no sea solamente: “¿Cómo elimino el estrés?”, sino: “¿Cómo reconozco cuándo la presión me moviliza y cuándo comienza a consumirme?”

Aprender a observar nuestras propias señales, entender la diferencia entre el estrés agudo y el estrés crónico, detener respuestas automáticas y recuperar capacidad de elección también forma parte de actualizar nuestra manera de vivir.

No podemos controlar toda la incertidumbre que existe afuera. Sí podemos desarrollar mejores recursos para responder y no reaccionar.

El propósito también necesita actualización

Hay otro componente que ninguna actualización tecnológica debería hacernos olvidar.

Podemos ser extraordinariamente eficientes y, aun así, no tener claro hacia dónde vamos.

La productividad responde a cuánto hacemos.

El propósito plantea una pregunta diferente: ¿Para qué lo hacemos?

Nuestros motivos también evolucionan. A veces seguimos corriendo sin un rumbo fijo y claro y, cuando nos damos cuenta, estamos en un lugar que no es el adecuado.

Lo que nos impulsaba hace diez años puede no movilizarnos hoy. Las prioridades cambian. Las relaciones cambian. Nosotros cambiamos.

Revisar periódicamente qué nos da sentido no es una señal de inconsistencia. Puede ser precisamente una expresión de conciencia.

Porque avanzar más rápido pierde parte de su valor si nunca revisamos la dirección.

El equilibrio no significa que todo tenga el mismo peso

Actualizar nuestra mente también implica revisar algunas ideas que hemos aceptado casi automáticamente.

Una de ellas es que el equilibrio significa repartir nuestra energía de manera idéntica entre todas las áreas de nuestra vida.

Difícilmente funciona así.

Hay momentos en los que una situación familiar requiere más de nosotros. Otros en los que un proyecto profesional demanda una atención extraordinaria. Y otros en los que nuestro propio cuerpo nos obliga a detenernos.

El equilibrio debe entenderse como un proceso dinámico y no estático. Como nos recordaba hace años la cantante argentina Mercedes Sosa en una de sus interpretaciones más memorables: “Todo cambia”.

Eso exige observar distintos balances: entre nosotros y los demás, entre nuestra contribución a la comunidad y nuestras propias necesidades, y también entre cuerpo, mente y espíritu.

No existe una fórmula universal.

Existe una conversación que necesitamos mantener.

Tal vez necesitamos mejores preguntas

La transformación tecnológica suele comenzar preguntando: ¿Qué herramienta necesitamos? La transformación humana podría comenzar de otra manera:

  • ¿Qué necesito revisar en mí para responder mejor al mundo que está emergiendo?
  • ¿Cómo me siento hoy realmente?
  • ¿Qué pensamientos continúan ayudándome y cuáles, más bien, me están limitando?
  • ¿Qué necesito aprender?
  • ¿Qué debo desaprender?
  • ¿Qué me impulsa?
  • ¿Dónde he perdido equilibrio?
  • ¿Qué conversación estoy evitando?
  • ¿Qué huella estoy construyendo con las decisiones que tomo hoy?

Estas preguntas no tienen una actualización automática. Ninguna aplicación puede responderlas completamente por nosotros.

Actualizar no es convertirse en otra persona

Esta reflexión fue también el punto de partida de MindsUpgrade, un libro que desarrollé alrededor de siete dimensiones de autoexploración vinculadas con nuestra vida interior, aprendizaje, adaptabilidad, propósito, funcionamiento mental, equilibrio y legado.

Pero detrás del libro existe una idea mucho más sencilla: actualizarnos no significa convertirnos en alguien diferente.

Significa observar con mayor conciencia quiénes somos hoy, reconocer los recursos que ya tenemos y elegir qué queremos seguir desarrollando.

La inteligencia artificial continuará avanzando.

Las herramientas que utilizamos dentro de cinco años probablemente serán diferentes de las actuales. Muchas profesiones cambiarán. Algunas competencias perderán importancia y otras surgirán.

No podemos predecir completamente ese futuro.

Pero sí podemos prepararnos para vivirlo, observando lo que pasa fuera de nosotros y, tal vez aún más importante, aprendiendo a observar lo que pasa dentro de nosotros.

Quizá, mientras seguimos preguntándonos cuál será la próxima gran actualización tecnológica, valga la pena hacernos otra pregunta: ¿Cuál será nuestra próxima actualización humana?