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Aventura: el disfrute de lo que está por venir

Hace cien mil años bebíamos agua directamente del río. No había zapatos ni obesidad, y salir a buscar alimento podía equivaler a recorrer una maratón. Nuestra anatomía es la misma. Nuestro sistema digestivo sigue diseñado para una comilona seguida de largos ayunos; nuestras piernas, para caminar decenas de kilómetros descalzos; nuestro cerebro, para premiar con endorfinas el esfuerzo de ir a ver qué hay detrás de la montaña. Vivíamos en grupos pequeños, alrededor del fuego, del arte, del sueño reparador, del contacto con un recién nacido. Esos disfrutes siguen en nosotros. Pero había otro, quizás el más poderoso: el disfrute de lo que está por venir.

La curiosidad nos llevaba al otro lado del río y más, mucho más allá. La aventura no era un pasatiempo. Era la forma de estar vivos.

Hace unos diez mil años decidimos quedarnos. Domesticamos plantas y animales, levantamos muros, acumulamos cosechas. Ganamos abundancia y seguridad, a expandir la expectativa de vida y, a cambio, empezamos a ceder grados de libertad. Primero el horizonte, luego el ritmo del cuerpo, después la autonomía sobre nuestro propio tiempo. Cada cesión parecía razonable y traía una comodidad. Nos acostumbramos a soltar un poco más, generación tras generación.

¿Cuál es el límite? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a renunciar a algo que llevamos escrito en el código genético? La pregunta no es nostálgica. No se trata de volver a cazar ni de abandonar la ciudad. Se trata de reconocer que parte de la frustración, la angustia, el miedo y la tristeza que atraviesan a tantas personas podría venir de haber olvidado ese impulso original. Un ser diseñado para explorar, encerrado en la rutina de lo previsible, se apaga.

Tal vez la sanación empiece por reconectar con la curiosidad. Quien tiene hijos pequeños lo sabe: los ve cambiar cada mañana, y cada cambio es una pequeña expedición hacia lo desconocido. Pero la aventura no depende de los hijos. Está disponible en un proyecto nuevo, en una conversación honesta, en toda caminata, en cualquier pregunta que nos atrevamos a formular.

El futuro es incierto y solemos mirarlo desde el temor. Es legítimo temer. Pero la incertidumbre también puede despertar ilusión: la de ver qué trae, la de echarle un pulso a una realidad que se irá revelando con el tiempo. Conviene recordar algo. Todo adulto ha tenido incontables encuentros con lo incierto, y si llegó hasta aquí es porque encontró la manera de salir adelante. La probabilidad de sobrevivir a la aventura es alta. La historia de nuestra especie lo demuestra. Para los jóvenes, eso es una invitación. Para los adultos, un compromiso: que en lo que nos quede de vida, la ilusión ante lo que viene sustituya al temor paralizante.

Resolver este acertijo energético y emocional (cuánta libertad cedo, cuánta recupero y a cambio de qué) es un mecanismo de defensa. Nos protege de la resignación y abre la puerta a otra forma de prosperidad, que no se mide solo en lo acumulado sino en la capacidad de seguir explorando.

Quizás la libertad que cedimos al asentarnos no esté perdida del todo. Quizás solo espera, como aquel horizonte, que volvamos a preguntarnos qué hay del otro lado.

Artículo basado en el episodio 334 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “Aventura”.

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