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Bajar la guardia, no la voz

Llevo un año, sobre todo, observando y estudiando. Leyendo, entrando a comunidades de expertos en inteligencia artificial para aprender y mirar de cerca lo que hacen quienes van adelante. Y cuando observo a muchas de las empresas de mi entorno —las conversaciones reales, no los titulares—, veo menos movimiento del que esperaba: pocos experimentos, pocas preguntas y, sobre todo, poca conversación franca sobre qué hacer con todo esto.

Ahí hay una paradoja que me interesa. Afuera, el ruido sobre la inteligencia artificial es ensordecedor: que lo cambia todo, que hay que subirse ya. Adentro de muchas organizaciones, en cambio, hay una quietud llamativa. Y quiero ser justa: esa quietud no es universal. Hay organizaciones haciendo un trabajo serio, reflexivo, incluso excelente, casi siempre sin hacer ruido. Lo que me llama la atención no es la distancia entre las que van adelante y las que no, sino algo más silencioso: por qué, en tantos lugares, la conversación honesta sobre la IA todavía no está ocurriendo.

Mi hipótesis es que lo que la frena no es técnico ni presupuestario; las herramientas están al alcance de casi cualquiera. Es algo más humano y tiene que ver con el miedo. Pero quiero decir algo poco habitual sobre el miedo: muchas veces es sano. Ante una tecnología tan poderosa y veloz, cierta cautela no es un defecto, es prudencia. El problema no es que haya miedo. El problema aparece cuando ese miedo, por no nombrarse, nos impide tener las conversaciones francas e importantes que la adopción exige. El miedo que se conversa protege; el que se calla, limita.

Reconozco dos figuras que se repiten. Está el líder que teme decidir mal sobre algo que siente que no domina lo suficiente —una preocupación legítima— y que, para no equivocarse, posterga o se refugia en un “lo estamos evaluando”. Y está el colaborador que teme que, si no aprende lo bastante rápido, su lugar quede en riesgo y que, ante esa incertidumbre, a veces se paraliza o finge que entiende. Su cautela es comprensible. Lo costoso no es que sientan ese temor, sino que se convierta en silencio: el jefe no pregunta para no exponerse, el equipo no dice lo que le inquieta y la conversación que haría avanzar a todos simplemente no sucede.

Y aquí prefiero mirar la oportunidad, no la amenaza. Las organizaciones que sí están avanzando son la prueba de que se puede y de que hacerlo bien es, ante todo, una cuestión humana: liderazgo que acompaña y equipos a los que se les da permiso de aprender sin fingir. Imaginemos el valor colectivo que tendría que esas experiencias se compartieran más abiertamente. Si, en lugar de que cada empresa lo descifre sola y a puerta cerrada, hubiera más transparencia y un diálogo organizado sobre lo que de verdad funciona, todos aprenderíamos más rápido y con menos miedo. La conversación honesta no solo destraba a una organización; bien compartida, nos hace avanzar como país.

Porque esto excede a las empresas. Como sociedad tenemos por delante la misma elección: quedarnos en el entusiasmo ruidoso y las preguntas privadas sin responder —qué pasará con los empleos, con las aulas, con la información que consumimos— o animarnos a conversarlas en serio y en voz alta. La madurez frente a un cambio profundo no se mide por la velocidad del entusiasmo, sino por la disposición a pensar juntos y en abierto lo que todavía no sabemos.

No tengo una receta y desconfiaría de quien la ofreciera con demasiada seguridad. Pero sí tengo una convicción esperanzadora: el miedo no es el enemigo; el silencio sí. Y salir del silencio es más sencillo de lo que parece. Basta con que alguien, en la sala, sea el primero en bajar la guardia en lugar de bajar la voz, y con que quienes ya aprendieron algo se animen a contarlo.

Así que la pregunta se la dejo a usted, en clave de posibilidad: ¿qué conversación sobre inteligencia artificial podríamos empezar —y cuánto podríamos aprender juntos— si dejáramos de esperar a que alguien más dé el primer paso?