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Corcovado: 30 años después

Mi primera visita al Parque Nacional Corcovado fue hace cerca de treinta años. Un viaje extraordinario a un paraíso natural perdido en el sur del país. Regresé recientemente y, sin duda, muchas cosas han cambiado, en algunos aspectos para bien y, en otros, lamentablemente no.

En la primera ocasión hicimos el recorrido entrando por la estación La Leona hasta Sirena y saliendo por la vieja estación de Los Patos. En ese entonces casi no vimos fauna, si acaso algunos monos y otros animales pequeños. Muy poco turismo visitaba el parque en esos años y condiciones muy básicas imperaban en las estaciones; se acampaba en tiendas que cargaban los turistas. Lo que más me impresionó en esa ocasión fue la majestuosidad de los árboles junto a los senderos, algunos con gambas de grandes dimensiones y extrañas formas. Era como si la dimensión normal del bosque que había conocido hasta ese momento se hubiera expandido misteriosamente de forma notoria.

En la última ocasión hicimos el recorrido en sentido contrario, de Los Patos hacia La Leona. Esta vez los avistamientos de fauna fueron impresionantes: observamos prácticamente de todo, menos felinos. Vimos varias dantas, zaínos, chanchos de monte, osos hormigueros, monos araña y ardilla, cabros de monte, pavones, perezosos, guatusas y serpientes, sobre todo cerca de Sirena. ¿Señal de recuperación de fauna en el parque en los últimos 30 años? Esto no está claro. Las instalaciones en el parque también han mejorado mucho: son de buena calidad, amplias y bien ventiladas, con camarotes con mosquiteros, un cómodo comedor, baños en buen estado, un pequeño museo y una tienda.

Pudimos constatar que hay toda una industria turística ligada a la conservación, con empresas y negocios organizados para brindar diferentes servicios, lo que permite a las comunidades integrarse a las actividades de conservación y constituirse en aliadas del parque. Lamentablemente, también constatamos que, en ocasiones, se dieron episodios de acoso y perturbación de la fauna por parte de algunos guías turísticos, en claro irrespeto al reglamento de uso público del parque. Fue una gran decepción ver que en ocasiones se prioriza el avistamiento de animales por encima de la tranquilidad que se debería procurar para la fauna silvestre y del respeto a la normativa del parque.

Fue triste también constatar que viejos problemas prevalecen: cacería, oreros, narcotráfico y pesca ilegal, que van erosionando la calidad ecológica del área. A esto se suma la conocida carencia de recursos, la falta de guardaparques y de equipo para control y protección. Se ha denunciado tanto sobre estas carencias, pero muy poco parece cambiar con el tiempo. En sesenta kilómetros que recorrimos en tres días, solamente en una ocasión nos encontramos con tres guardaparques que hacían una ronda de vigilancia en las cercanías de Sirena. Muy poco para toda la biodiversidad y extensión que se requiere proteger. Los guardaparques hacen lo posible con los recursos disponibles, pero no pueden hacer milagros. Es inadmisible que un sitio como Corcovado, pilar del ecoturismo en nuestro país, generador de miles de millones de colones anuales que alimentan nuestra economía, no tenga la atención y los recursos necesarios para su supervivencia.

Por otra parte, connotados especialistas alegan que no existe tal recuperación de fauna en el parque y que estudios científicos así lo demuestran. Además, se plantea que la razón por la que se observa tanta fauna cerca del sector de Sirena es porque esta se encuentra, por así decirlo, arrinconada en este sitio, huyendo de amenazas como la cacería y los oreros y buscando la protección de los turistas y guardaparques. A esto se le ha denominado “efecto de escudo humano”. El crecimiento o no de las poblaciones de fauna y la hipótesis del escudo humano deberían corroborarse con estudios científicos. Sería muy lamentable si esto fuese cierto, porque entonces mucho de lo que se dice sobre Corcovado como joya ecológica sería, en cierta forma, una farsa.

Pero, sea como sea, Corcovado es una maravilla natural, una catedral de biodiversidad. Un lugar que se estima reúne el 2,5% de la biodiversidad del planeta es algo que debe enorgullecernos y motivarnos a protegerlo. Es también un sitio para respetar, contemplar y caminar en silencio por los senderos, a fin de no perjudicar a la fauna. Un lugar donde debe entenderse que la razón de ser del parque es la conservación de la biodiversidad y los ecosistemas.

El ecoturismo depende de esa base biológica y ecológica para generar toda una actividad económica que beneficia a las comunidades. Esta es la principal fuente de ingresos en la zona y debe promoverse y consolidarse. Pero es fundamental entender que tiene que haber límites: no se pueden masificar con turismo los parques nacionales. Esos límites los fija la capacidad de carga turística de los ecosistemas. No se puede, a fin de satisfacer la demanda turística, afectar o destruir estos ecosistemas, que son la prioridad fundamental de estas áreas silvestres protegidas.

La responsabilidad con Corcovado es de todos los costarricenses: Sinac, comunidades, operadores turísticos, grupos ambientalistas, turistas, municipalidades, entre otros. Luchemos todos para que, dentro de 30 años, las nuevas generaciones puedan disfrutar de un parque nacional que haya mantenido y mejorado su biodiversidad, que cuente con recursos suficientes para todas sus actividades y con un sector ecoturístico consciente y responsable ambientalmente. El futuro del Parque Nacional Corcovado lo forjaremos entre todos.