La inteligencia artificial nos tiene discutiendo, otra vez, el futuro del trabajo. En una columna anterior escribí que, con ella, el trabajo no desaparece, sino que se desplaza hacia lo humano. Es verdad, pero esa idea se queda corta. La pregunta que de verdad me inquieta no es cómo la inteligencia artificial reorganiza el trabajo —qué tareas asume la máquina y cuáles nos deja—, sino algo más hondo: cómo reestructura el valor del trabajo y si el trabajo humano seguirá generando bienestar para quienes lo realizan. Que exista trabajo no garantiza que ese trabajo permita vivir con dignidad. Nunca lo garantizó por sí solo.
Conviene mirar esto con perspectiva histórica. A lo largo del tiempo, las sociedades han organizado el trabajo de maneras muy distintas —del trabajo forzado a la servidumbre, de los gremios al empleo asalariado— y, con cada forma, han cambiado también las reglas sobre cómo se reparte el valor que ese trabajo produce. Cada época entendió su propio arreglo como el natural, hasta que el siguiente lo reemplazó; y todas las épocas también han visto tensiones sociales relacionadas con su organización del trabajo. Vale la pena, entonces, hacernos una pregunta que, en el fondo, es antigua: ¿en qué punto de esa larga transformación estamos y hacia dónde nos mueve este nuevo capítulo que abre la inteligencia artificial?
Para pensarlo con algo de claridad, ayuda separar cuatro cosas que solemos confundir bajo la palabra “valor”. Está el valor productivo: qué bienes, servicios o capacidades genera un trabajo. El valor de mercado: cuánto se paga por realizarlo. El valor distributivo: qué parte del valor creado recibe quien trabaja. Y el valor social y moral: qué dignidad, identidad, prestigio y reconocimiento otorga. Durante buena parte de la historia moderna, estas cuatro dimensiones se movieron más o menos juntas: un trabajo que producía mucho solía pagarse bien, dar sustento y conferir un lugar en la sociedad. No siempre, pero lo suficiente como para que aprendiéramos a asociar “trabajar” con “vivir mejor”.
Lo interesante de la inteligencia artificial no es que destruya valor. Es que puede desacoplar esas cuatro dimensiones, que solían ir juntas. Puede elevar el valor productivo —producir más y mejor que nunca— mientras reduce el valor de mercado de muchas tareas humanas; puede cambiar cómo se distribuye el valor creado y modificar el valor social y moral que las personas obtenían de su oficio. Es posible imaginar una economía que genere mucha riqueza y, a la vez, deje a bastantes personas realizando tareas de menor valor de mercado y con un vínculo más débil entre su trabajo y su sentido de identidad. Ese es el escenario que vale la pena discutir con tiempo, más que cuántos empleos concretos se automatizan.
¿Cuál será, entonces, el trabajo valioso? No simplemente el que la máquina no pueda hacer —esa frontera se mueve todos los meses—, sino aquel cuyo valor sea difícil de desacoplar: donde la persona siga siendo la fuente del valor que se produce y, además, logre capturar una parte justa de él y derivar de él sentido. Eso apunta a capacidades profundamente humanas y escasas: el criterio para decidir en la incertidumbre, la confianza que se construye con otro, el cuidado, la creatividad que no imita, sino que arriesga, y la capacidad de hacer la pregunta correcta. Son, además, capacidades que se cultivan, no que simplemente se tienen o no se tienen. Mantenerlas productivas —aprenderlas, ejercitarlas, ponerlas en el centro de nuestra formación— es quizá lo más sensato que una persona puede hacer hoy por su futuro.
Pero sería incompleto dejarlo solo en manos del individuo. Que esas capacidades humanas se traduzcan en bienestar no depende únicamente de cuán valiosos seamos, sino también del entorno: de cómo se organiza el trabajo, de cómo se forma a las personas y de las reglas con las que una sociedad decide cómo se comparte el valor que la tecnología ayuda a crear. Es una conversación con respuestas legítimas y muy distintas entre sí —desde visiones económicas diferentes— y, precisamente por eso, conviene tenerla a tiempo y con datos, en lugar de darla por resuelta de antemano.
No me sumo al relato del reemplazo, pero tampoco al del optimismo automático. El futuro del trabajo no está escrito: se está definiendo ahora, con cada decisión sobre qué automatizar, qué conservar, en quién invertir y cómo se comparte el valor que se genera. La pregunta, entonces, no es solo cuánto valor va a crear la inteligencia artificial, sino también para quién y si el trabajo seguirá siendo, para la mayoría de las personas, un camino hacia una vida digna. Esa respuesta no la va a escribir ninguna máquina; la vamos a escribir nosotros.
