Las frases que más he escuchado recientemente en las conversaciones cortas con vecinos y conocidos han sido: “¡qué aguacero!”, “cómo ha llovido estos días” o “es que no ha parado de llover”. Lo que antes esperábamos como los meses lluviosos en el Caribe parece haberse extendido al resto del año. Salir de la casa sin sombrilla o paraguas se ha convertido en una idea arriesgada y, para muchos de nosotros, en la nueva normalidad.
Hace unas semanas estuve algunos días en Guanacaste y me encontré con la otra cara de la moneda. Las conversaciones cotidianas sonaban más como: “ojalá llueva un poquito” y “hoy no hay agua por los cortes debido a la sequía”. El contraste no podría ser más evidente.
Costa Rica es un país pequeño en territorio. En pocas horas es posible ir de costa a costa y pasar por varios ecosistemas. Sin embargo, esa cercanía geográfica no impide que el clima cambie drásticamente. Mientras algunas regiones enfrentan lluvias sin descanso, inundaciones y deslizamientos, otras luchan contra la escasez de agua, el impacto de la sequía y el calor persistente.
Es sorprendente y alarmante cómo un mismo fenómeno climático puede manifestarse con tanto contraste dentro de un territorio tan pequeño. Lo más preocupante es que estas diferencias ya no son algo que se observa únicamente en las noticias y los informes. Se sienten en el día a día.
En algunas regiones, las familias viven con la preocupación constante de que su casa se inunde, de quedar incomunicadas debido a obstrucciones en el camino e incluso de que sus allegados no logren regresar a sus hogares. Mientras tanto, en otras, las personas se despiertan sin saber si tendrán agua para cocinar, bañarse o trabajar durante el día. Los ecosistemas tampoco escapan a esta realidad. Los ríos cambian su caudal de manera drástica, los humedales enfrentan alteraciones en sus ciclos naturales y la fauna debe adaptarse a condiciones cada vez más extremas.
Solemos hablar de la lluvia y la sequía como si fueran fuerzas inevitables de la naturaleza. La verdad es que muchos de sus impactos se ven agravados por nuestras propias decisiones: la deforestación, el desarrollo urbano desordenado, la ocupación de zonas vulnerables, el uso desregulado de los recursos y la contaminación de fuentes de agua aumentan la fragilidad de nuestras comunidades frente a cualquier evento climático extremo.
Tampoco podemos ignorar la responsabilidad de quienes tienen la obligación de planificar y actuar. Durante años se han anunciado estudios, estrategias y planes para fortalecer la gestión del recurso hídrico, proteger ecosistemas sensibles y preparar a las comunidades para enfrentar eventos climáticos cada vez más severos. Sin embargo, muchas de estas acciones avanzan con lentitud o quedan atrapadas entre trámites, cambios de administración y falta de recursos. Mientras tanto, los problemas continúan creciendo.
Pero la responsabilidad no recae únicamente en las instituciones. Como ciudadanos, también hemos normalizado conductas que contradicen el discurso ambiental de país “verde” que tanto nos gusta promover. Nos alarman las inundaciones, pero seguimos lanzando residuos a los ríos. Nos preocupa la escasez de agua, pero seguimos utilizando sin control sistemas de inteligencia artificial que requieren grandes cantidades de agua para su enfriamiento. Defendemos los bosques en redes sociales, pero muchas veces nos limitamos a tocar el botón “Compartir”.
Estas contradicciones reflejan una realidad más profunda: el problema no está únicamente en nuestros hábitos individuales, sino también en las lógicas de producción y consumo que hemos normalizado.
Cambiar no significa únicamente cerrar la llave mientras nos cepillamos los dientes o separar los residuos en casa, aunque esas acciones siguen siendo importantes. También implica cuestionar los modelos de producción y consumo que incentivamos con nuestras decisiones diarias. Cada compra, cada servicio que elegimos y cada empresa que apoyamos envía una señal sobre el tipo de economía que queremos construir: una economía capaz de generar bienestar sin comprometer los ecosistemas de los que depende, que valore el uso eficiente de los recursos, proteja las fuentes de agua y reconozca que el crecimiento no puede sostenerse indefinidamente a costa del capital natural.
Quizás el fenómeno de El Niño no sea más que un espejo incómodo. Un fenómeno que deja en evidencia nuestras fortalezas, pero también nuestras contradicciones. Nos recuerda que los ecosistemas y las comunidades están profundamente conectados y que los problemas de una región terminan afectando a todo el país.
Tal vez no podamos controlar la lluvia ni detener las sequías. Pero sí podemos decidir cómo consumimos, qué organizaciones apoyamos, cómo utilizamos los recursos disponibles y qué exigimos a quienes toman decisiones en los sectores público y privado. También podemos impulsar modelos económicos más sostenibles, capaces de generar prosperidad sin trasladar los costos ambientales a las futuras generaciones.
Al final, más allá de si una región vive bajo la lluvia y otra bajo la sequía, la pregunta no es qué tan fuerte está golpeando el fenómeno de El Niño. La pregunta es cuánto estamos dispuestos a cambiar para construir comunidades, economías y ecosistemas más resilientes.
