Los tiranos de hoy rara vez llegan conquistando a caballo como los hunos, pero sí conquistan con grandes hazañas. Los tiranos de hoy —me refiero a cualquier tipo de tirano, desde el amigo, el papá o la pareja hasta el jefe de la oficina, la empresa o el gobierno— nunca llegan gratuitamente; llegan haciendo cosas extraordinarias que casi nadie logra hacer, llegan en momentos de necesidad para la gente a la cual primero van a seducir y luego dominar.
Las hazañas de los tiranos pueden ser tan pequeñas o tan grandes como el propio tirano, pero tienen la misma mecánica. Puede ser que el tirano salve a alguien —en cualquiera de los sentidos de ese verbo—: a una persona, a su amigo, a su novia, a su familia, a sus feligreses o al país entero. Puede ser que levante un hogar de la nada, que atrape criminales como un superhéroe, que extermine pandillas o terroristas, que tome un país en ruinas y lo convierta en potencia, que lleve a su pueblo a la Tierra Prometida. El tirano esgrime el poder de un dios y parece que nadie puede contra él. Resuelve todo, gana todo, dirige todo, siempre sabe qué hacer, qué decir y qué responder. ¿Cómo no apoyar al tirano? ¿Cómo no amarlo? El tirano se hace indispensable; los suyos ya no pueden imaginar la vida sin él, porque asegura la protección, la guía, el amor… al principio.
Pero, aun cuando el tirano se muestra como tal y ejerce un poder violento, cuando ataca, humilla, oprime, golpea, tortura y mata, los suyos siguen amándolo, porque él se ha asegurado de que el mundo solo se sostenga sobre él, de que el mundo sea él y de que, fuera de sus márgenes, haya un vacío que los horroriza más que el propio tirano. Glorioso y terrible como un dios, ama con una mano y castiga con la otra.
No siempre las hazañas están servidas para que el tirano las acometa, como un buen centro para que el delantero apenas tramite el gol. A menudo, el tirano concibe su hazaña desde cero, crea la necesidad para proveer la solución, inventa enemigos con los cuales luchar y peligros de los cuales salvar a los suyos. Ante todo, el tirano es un soberbio narrador; su mayor habilidad es contar historias.
Y justo allí es cuando empieza a manifestarse su verdadero carácter. También es una de las formas más tempranas de reconocer al tirano: su historia, contada por él mismo, será la única válida. Tratará, por todos los medios, de impedir a los suyos el acceso a cualquier otra narrativa. Estará en contra de que lean, estudien o se informen por otra vía que no sea él. Si puede, hasta les prohibirá salir y hablar con otros. Si el médico, el verdulero y hasta el cura dicen cosas distintas a las que a él le convienen, no dejará que los suyos vayan ni a la clínica, ni de compras, ni a la misa del domingo. Cerrará puertas y ventanas; no dejará que entre ni la música de la calle. Cerrará fronteras y nadie podrá entrar o salir. Atacará a la prensa. Quemará libros.
Cuando una persona cae en manos de un agresor, la gente suele preguntar: ¿es que no vio las señales? Y eso mismo me pregunto en estos días. ¿Es que la gente no ve las señales? Había llegado a creer que se trataba de un asunto de percepción, ignorancia o desconocimiento de la historia. Y, en muchos casos, es así. Pero también he debido entender que muchas personas sí ven las señales, pero no les importan. Así nomás. No les importan. Anhelan a ese tirano amoroso y terrible, similar al dios en el que les han enseñado a creer, que ama, protege y castiga, porque es más fácil someterse a él para evitar el castigo y entregarse a un gozoso disfrute de la protección y de eso que llaman amor. Es siempre más fácil ser un siervo menguado.
Y así de fácil es también, una vez que el tirano ha caído, deslindarse de él, negarlo como Pedro antes del canto del gallo, rasgarse las vestiduras y atacarlo por lo que hizo cuando ha perdido todo su poder. Nadie quiere recordar o admitir ese momento en que todos lo amaron.
