Cuando se habla de una reforma tributaria, normalmente se piensa en una gran ley que concentra la discusión pública, genera amplios debates políticos y redefine de una sola vez las reglas del juego. Sin embargo, las transformaciones más profundas no siempre ocurren de esa manera. A veces avanzan gradualmente, mediante múltiples iniciativas que parecen aisladas, pero que terminan respondiendo a una misma visión de política pública.
Eso es precisamente lo que pareciera estar ocurriendo en Costa Rica. Durante los últimos meses, el Ministerio de Hacienda ha impulsado proyectos de ley, propuestas reglamentarias, resoluciones administrativas y cambios tecnológicos orientados a fortalecer el control fiscal, combatir la evasión y modernizar los mecanismos de supervisión. A ello se suma una agenda de 24 iniciativas fiscales anunciada por el Poder Ejecutivo.
Mucho más que nuevos impuestos
La conversación pública suele concentrarse en si habrá o no nuevos impuestos. Sin embargo, una parte importante de los cambios que actualmente se discuten apunta en otra dirección: fortalecer las capacidades de control, fiscalización y gestión de la Administración Tributaria.
Dentro de esta agenda aparecen iniciativas para combatir las facturas falsas, agilizar el cobro de obligaciones tributarias, revisar determinados tratamientos preferenciales y fortalecer los mecanismos de fiscalización y control. La señal es clara: el interés ya no parece limitarse a modificar tributos, sino también a reducir espacios de evasión, mejorar la trazabilidad de las operaciones económicas y aumentar la efectividad de la recaudación.
La tendencia tampoco se limita al ámbito tributario tradicional. Varias iniciativas buscan fortalecer el control sobre el comercio internacional y modernizar la gestión aduanera mediante herramientas más robustas para combatir prácticas ilícitas. Paralelamente, la sustitución de plataformas históricas por nuevos sistemas refleja una apuesta creciente por la digitalización y la integración de información. En ese contexto, la evolución del sistema tributario ya no ocurre únicamente a través de leyes y reglamentos, sino también mediante cambios tecnológicos que fortalecen las capacidades de supervisión y fiscalización del Estado.
Aunque estos cambios rara vez ocupan los titulares o generan el mismo nivel de discusión que una reforma destinada a crear nuevos impuestos, sus efectos suelen sentirse de manera inmediata en la operación cotidiana de las empresas y en la relación de los contribuyentes con la Administración Tributaria.
Las piezas de un mismo rompecabezas
La dimensión de esta agenda resulta más evidente cuando se observa de manera integral. Los proyectos ya presentados abarcan ámbitos tan diversos como las rentas del exterior, el cobro de obligaciones tributarias, las exoneraciones, el control aduanero y la gestión de información para fines de fiscalización. Algunas iniciativas pretenden ampliar el alcance de la tributación sobre determinadas rentas pasivas obtenidas en el exterior por residentes fiscales costarricenses, mientras otras proponen revisar o limitar beneficios fiscales y tratamientos preferenciales existentes.
Estos debates reflejan que la discusión actual no se centra únicamente en fortalecer las capacidades de control de la Administración, sino también en posibles ajustes a elementos que históricamente han formado parte de la estructura del sistema tributario costarricense.
Es posible discrepar sobre la conveniencia o el alcance de cada iniciativa. Sin embargo, resulta difícil ignorar el patrón que emerge cuando se analizan en conjunto: más información disponible para la Administración, mayor trazabilidad de las operaciones económicas, más herramientas de fiscalización y una supervisión cada vez más intensa sobre beneficios fiscales, estructuras de negocio y operaciones transfronterizas.
Costa Rica no está discutiendo hoy una reforma fiscal integral comparable a la de 2018. Tampoco existe un único proyecto de ley capaz de resumir todos los cambios que se encuentran sobre la mesa. Pero precisamente ahí podría encontrarse la característica distintiva del momento actual. La transformación no está llegando a través de una gran reforma, sino mediante múltiples ajustes que avanzan simultáneamente en áreas tan diversas como la fiscalización, las aduanas, la tecnología, la gestión de la información y la revisión de aspectos sustantivos del sistema tributario. Si todas estas piezas terminan encajando, es posible que dentro de algunos años entendamos que la próxima gran reforma fiscal no ocurrió de golpe, sino que se construyó silenciosamente, pieza a pieza.
