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¿Quién está haciendo ciudad en Costa Rica?

Cada edificio, carretera, desarrollo e infraestructura deja una huella. Modifica el territorio, el paisaje, la movilidad, el ambiente y la manera en que vivimos. En otras palabras: gran parte de la actividad económica termina, para bien o para mal, haciendo ciudad.

Por eso, la arquitectura costarricense debe plantearse una pregunta incómoda: ¿estamos participando realmente en las decisiones que transforman el país o estamos observando cómo ocurren para después opinar sobre sus consecuencias?

Esa pregunta está en el centro de mi postulación a la Presidencia del Colegio de Arquitectos de Costa Rica (CACR). Mi propuesta parte de una idea sencilla: el conocimiento técnico del Colegio debe convertirse en valor real para la sociedad y en oportunidades reales para sus profesionales.

De espectadores a participantes

Desde mi experiencia, veo una paradoja. Empresas de prácticamente todos los sectores desarrollan proyectos, invierten, crean activos y transforman el territorio. Sin embargo, quienes tenemos formación para comprender la ciudad, el espacio y sus consecuencias humanas permanecemos muchas veces como espectadores. Vemos cambiar el paisaje urbano, señalamos errores y lamentamos oportunidades perdidas, pero llegamos tarde: no estuvimos sentados en la mesa donde se tomaron las decisiones que produjeron esa ciudad.

Cumplir la norma no basta para hacer buena ciudad

Por el CFIA pasan proyectos que luego se convertirán en edificios, calles, desarrollos e infraestructura que condicionarán nuestra vida durante décadas. El cumplimiento reglamentario es indispensable, pero cumplir un reglamento no necesariamente significa hacer buena ciudad. El criterio profesional debe aportar una lectura humana de las consecuencias de aquello que construimos: su efecto sobre el espacio público, el paisaje, la movilidad, el ambiente y la experiencia cotidiana de las personas.

No se trata de sustituir la ley por opiniones subjetivas, sino de ejercer aquello para lo que fuimos formados: criterio. La ciudad no termina cuando obtenemos un permiso; comienza ahí.

El Colegio profesional debe seguir existiendo como una herramienta fundamental de ética y fiscalización de sus agremiados, cumpliendo, además, su papel como ente de licencia obligatoria para el ejercicio profesional. Pero preservar esa función no significa permanecer inmóvil. Que el Colegio requiera cambios no significa desmantelarlo, debilitarlo ni eliminarlo; todo lo contrario: evolucionar debe significar consolidarlo y fortalecerlo, preservando sus responsabilidades históricas y ampliando su capacidad de generar valor para el gremio y para la sociedad.

CACR Empresa: conocimiento que genera patrimonio

Esa evolución también exige preguntarnos cómo puede el Colegio participar de manera más activa en la economía que transforma Costa Rica. Por eso, propongo explorar CACR Empresa: estudiar y estructurar, dentro del marco jurídico correspondiente, vehículos financieros, organizativos y de cooperación que permitan ampliar la participación del Colegio en actividades vinculadas con la arquitectura, el urbanismo y el desarrollo del país.

La idea no es que el Colegio abandone su naturaleza institucional, sino que aproveche mejor su conocimiento colectivo. Servicios profesionales, alianzas, proyectos de interés público e iniciativas capaces de crear activos tangibles que puedan generar patrimonio institucional. La lógica es sencilla: conocimiento que se convierte en proyectos; proyectos que generan activos; activos que fortalecen el patrimonio; y patrimonio que regresa al gremio en forma de oportunidades, capacitación, investigación, concursos, emprendimiento y mejores condiciones para ejercer la profesión.

Para mí es difícil aceptar que, dentro de una profesión con semejante capacidad técnica, creativa y empresarial, existan colegas atravesando situaciones económicas muy difíciles mientras colectivamente poseemos talento y conocimiento para generar más valor. No se trata únicamente de rentabilidad financiera. Se trata de crear trabajo, patrimonio, mejores espacios y mejores ciudades.

El valor debe poder verse

Durante años, los colegios profesionales hemos explicado a la sociedad por qué somos importantes. Existe otra manera de demostrarlo: hacer cosas valiosas. Si una intervención recupera un espacio deteriorado, si una alianza demuestra que se puede desarrollar con calidad arquitectónica y responsabilidad ambiental o si un proyecto fortalece el patrimonio del Colegio y produce oportunidades para sus agremiados, el valor de la arquitectura deja de ser un discurso y se vuelve visible.

El objetivo es evolucionar hacia un Colegio que, sin abandonar sus funciones esenciales de ética, fiscalización y representación profesional, también sea capaz de proponer, articular, participar y generar valor. Un Colegio más presente en las discusiones sobre ciudad, territorio y desarrollo, y con mayor capacidad para convertir el conocimiento de sus profesionales en beneficios concretos para la sociedad.

La ciudad que estamos dejando

Costa Rica seguirá cambiando con nosotros o sin nosotros. La pregunta es si los arquitectos queremos continuar observando cómo otros construyen el país para después opinar sobre el resultado o si queremos poner nuestro conocimiento técnico y humanista al servicio de su transformación.

Porque, finalmente, no estamos diseñando únicamente para nosotros. Son nuestros hijos e hijas quienes caminarán por estas ciudades y por nuestras veredas naturales cuando nosotros ya no estemos. Tenemos conocimiento, talento y visión suficientes para dejarles algo mejor.