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Represtigiar la política: primero el sueño, después la narrativa

Hace cien mil años, política y vida eran lo mismo. De las decisiones del grupo dependía sobrevivir o desaparecer. No teníamos palabras, pero sabíamos qué le convenía a la tribu, porque la tribu cabía a la sombra de un árbol: unos ciento cincuenta individuos alrededor del mismo fuego. Hoy somos millones, tenemos palabras de sobra y la paradoja parece ser que olvidamos para qué sirve la política.

La política no es el arte de ganar elecciones. Es la forma operativa de la democracia, la joya de la corona de la civilización, porque armoniza al individuo con la colectividad: la comunidad garantiza los derechos de cada persona para que cada persona despliegue su potencial. Cuando, en 1776, se proclamó que la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad eran derechos inalienables, se encendió una luz que todavía nos orienta. Ese es el propósito de la política: crear sociedades donde la probabilidad de ser felices sea mayor que la de hoy.

Sin embargo, hemos invertido el orden de las cosas. Se dedica el 90% del esfuerzo a ganar y el 10% a gobernar bien. Y, para ganar, la herramienta favorita es la narrativa: mensajes baratos, fabricados a la medida del enojo, del miedo o de la ideología de cada quien, que circulan por las redes a un costo casi nulo. La narrativa importa, porque persuade a otros de caminar juntos, pero es apenas lo segundo más importante. Lo primero es tener un sueño realizable.

¿Qué es un sueño realizable? Un anhelo de futuro superior e inclusivo, una prosperidad que nos abarque a todos, que podamos alcanzar y que, sobre todo, podamos construir entre todos. Narrativa sin visión no es estrategia; es ruido. Capta la atención y enciende pasiones, pero no mueve a la comunidad en ninguna dirección. Caminar implica avanzar hacia algo que todavía no existe y que hay que construir. ¿Cuál es la Costa Rica de 2040 que estamos edificando con tanto ruido? Es difícil ver la agenda, tanto del lado de quienes gobiernan como del lado del soberano que les otorga el mandato.

La narrativa sin visión propone prenderle fuego a la casa común porque tiene comején. La política con visión propone cambiar las vigas, reforzar las columnas y ampliar lo que haga falta. Una destruye; la otra construye.

Represtigiar la política exige, además, cambiar el lugar desde donde la hacemos. Hoy decidimos demasiado desde la amígdala, asociada con respuestas emocionales como el miedo y la ira, cuando deberíamos hacerlo desde áreas prefrontales vinculadas con funciones como el juicio y la toma de decisiones. No será sencillo: los fenómenos sociales son mucho más complejos que los que resuelven las ciencias naturales. Calcular cómo un edificio resiste un terremoto es simple comparado con alinear políticos, partidos, instituciones, ciudadanos y habitantes en torno a un propósito común.

Pero es posible y es urgente. Si la política vuelve a ponerse al servicio del despliegue de la vida humana, podremos heredar a las próximas generaciones algo mejor que ruido: un sueño compartido y las manos para construirlo.

Artículo basado en el episodio 336 de Diálogos con Álvaro Cedeño, titulado “Represtigiar la política”.

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