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¿Y si San José tuviera su propio The Peak?

El teleférico puede ser mucho más que una solución de transporte: una oportunidad para conectar la ciudad con sus montañas, crear un destino turístico y generar desarrollo económico sin desplazar a las comunidades que le dan vida.

Hoy no me levanté a las cinco de la mañana para subir a Bebedero.

Los martes solían ser nuestros días. Mis amigos ciclistas y yo nos reuníamos antes del amanecer para subir la montaña y ver cómo el sol iba pintando San José. Desde arriba, la ciudad se ve diferente. Las luces empiezan a apagarse, el valle despierta y uno descubre un paisaje extraordinario a pocos kilómetros de donde transcurre nuestra vida cotidiana.

Siempre me ha parecido un lujo tener esa experiencia tan cerca de la ciudad.

Hoy fue Víctor quien me levantó, pero no para montar bicicleta. Me despertó con la noticia del teleférico que se plantea entre San José y Desamparados.

La coincidencia me hizo volver a una conversación que veníamos teniendo sobre urbanismo y sobre una pregunta que me parece fundamental: ¿cómo hacemos ciudad en lugar de limitarnos a construir infraestructura?

Porque quizás el teleférico pueda ser mucho más que una solución para las presas. Quizás sea una oportunidad para conectar San José con sus montañas, crear un nuevo destino turístico y generar actividad económica para las comunidades de Escazú y Alajuelita.

La pregunta es si tendremos la ambición de verlo así.

Una montaña a cinco kilómetros de San José

Las montañas que rodean San José son parte de nuestra identidad, pero todavía están desconectadas de buena parte de la experiencia cotidiana de quienes vivimos en la capital.

Bebedero me ha enseñado que no hace falta viajar horas para encontrar naturaleza, hacer deporte o disfrutar de una vista privilegiada del valle. Tenemos un paisaje extraordinario a pocos kilómetros de nuestras casas. Muchas veces, lo que falta es una conexión que permita a más personas descubrirlo.

Por eso, cuando pensamos en un teleférico, deberíamos ir más allá de cuántos pasajeros puede transportar o cuántos minutos puede ahorrar.

¿Y si lo concebimos como una puerta de entrada a las montañas de Escazú y Alajuelita? ¿Y si, además de conectar puntos de la ciudad, creamos un destino al que las personas quieran ir?

Imaginemos subir en teleférico para ver el amanecer sobre San José, caminar por senderos, recorrer rutas de ciclismo y terminar la mañana desayunando en un café de montaña.

Pensemos en restaurantes con vistas al valle, pequeños negocios gastronómicos, mercados de productores y emprendimientos locales que encuentren en esa nueva conexión una oportunidad para crecer.

No se trata de inventar un atractivo turístico donde no existe nada. El paisaje ya está ahí. Las comunidades también. La oportunidad consiste en conectar esos activos y convertirlos en una experiencia que beneficie tanto a quienes visitan la zona como a quienes viven en ella.

¿Qué podemos aprender de Hong Kong?

Cuando pienso en esta posibilidad, me viene a la mente The Peak, uno de los destinos más emblemáticos de Hong Kong.

Su histórico tranvía asciende por la montaña y conecta a los visitantes con miradores, senderos, restaurantes y cafés desde los que se contempla una de las vistas más reconocibles de la ciudad.

Lo interesante no es solamente la vista. Es que la montaña forma parte de la experiencia urbana. The Peak es un lugar al que los turistas van para conocer Hong Kong, pero también un destino para quienes viven allí y quieren disfrutar de su propia ciudad desde otra perspectiva.

La infraestructura conecta. El paisaje atrae. Los espacios públicos invitan a quedarse. La oferta gastronómica y comercial convierte la visita en una experiencia.

¿Por qué no aspirar a algo semejante para San José?

No necesitamos copiar Hong Kong. Tenemos nuestra propia geografía, nuestras comunidades y nuestra identidad. Pero sí podemos aprender de la idea de integrar las montañas a la vida de la ciudad, en lugar de contemplarlas como un telón de fondo al que pocos tienen acceso.

Un teleférico podría ayudar a abrir esa puerta. La planificación urbana tendría que completar el trabajo con senderos, aceras, conexiones con el transporte público y espacios donde las personas puedan caminar, reunirse y disfrutar de la naturaleza.

Y hay una oportunidad económica que merece atención: desarrollar una oferta de cafés, restaurantes y pequeños negocios que convierta la montaña en un destino para desayunar, hacer deporte, pasar la mañana o simplemente disfrutar del paisaje.

Eso significa empleo, emprendimiento y nuevas fuentes de ingreso para las comunidades cercanas. Significa también que el turismo puede convertirse en una herramienta de desarrollo local, y no solamente en una actividad que beneficia a quienes poseen grandes inversiones.

El riesgo de crear un destino y perder la comunidad

Aquí aparece una pregunta que debemos hacernos desde el principio: ¿qué pasa si mejoramos la conectividad, atraemos visitantes y aumentamos el valor de la zona, pero sus propios habitantes terminan sin poder pagar para vivir allí?

Ese es uno de los riesgos de la gentrificación. Un barrio recibe inversiones, mejora su infraestructura y se vuelve más atractivo, pero el aumento de los alquileres y del precio del suelo puede desplazar a los residentes y comerciantes que le dieron su identidad.

No significa que toda inversión produzca gentrificación ni que debamos mantener aisladas a las comunidades para protegerlas. Significa que el desarrollo debe planificarse considerando quién recibe sus beneficios y quién asume sus costos.

Si el teleférico genera una nueva demanda turística, los pequeños restaurantes, las cafeterías familiares y los emprendedores locales deberían tener oportunidades reales de participar en ella. Si mejora el entorno urbano, los residentes deberían poder disfrutar de esas mejoras sin enfrentar una presión que los obligue a marcharse.

Eso exige pensar desde el principio en la participación de las comunidades, en espacios para el comercio local y en instrumentos urbanísticos y de vivienda que ayuden a preservar la permanencia de quienes ya viven allí.

El éxito del proyecto no debería medirse únicamente por los pasajeros transportados, los minutos ahorrados o el aumento del valor de las propiedades.

También deberíamos preguntarnos cuántos negocios locales prosperan, cuántos empleos se generan en la zona y si las familias pueden seguir llamando hogar a esos barrios.

No basta con construir una estación y esperar que la prosperidad se distribuya automáticamente.

El mejor antídoto contra la gentrificación es hacer comunidad

Hong Kong también nos recuerda que una ciudad puede reunir inversiones sofisticadas, restaurantes de distintos precios y pequeños comercios en un mismo entorno. Esa convivencia no elimina las desigualdades ni las presiones inmobiliarias, pero nos invita a pensar en ciudades donde la vitalidad no dependa de que todos los espacios sean exclusivos.

Un puesto de comida, una cafetería familiar y un restaurante sofisticado pueden contribuir, cada uno a su manera, a la identidad de un lugar. La clave es que el desarrollo no termine borrando las actividades cotidianas que hacen que un barrio sea un barrio.

Por eso, el teleférico debería ser parte de una visión más amplia para San José: conectar la ciudad con la naturaleza, crear espacios públicos accesibles, promover el comercio local y permitir que las comunidades participen de las oportunidades que genera la inversión.

Hacer ciudad significa conectar personas, actividades y espacios; facilitar que la gente se encuentre, camine, emprenda y disfrute de su entorno.

Los martes, cuando subíamos a Bebedero para ver el amanecer, no buscábamos un proyecto inmobiliario ni una nueva atracción comercial. Buscábamos una experiencia compartida: hacer deporte, conversar y contemplar la ciudad desde un lugar distinto.

Esa experiencia es parte del valor que debemos preservar.

El teleférico podría acercar a miles de personas a un paisaje extraordinario y abrir una nueva economía turística para San José. Pero su verdadero éxito dependerá de que esa oportunidad fortalezca a las comunidades, en lugar de convertirlas en espectadoras de su propia transformación.

No se trata de llevar la ciudad a la montaña para convertirla en otro enclave exclusivo. Se trata de conectar la montaña con la ciudad, crear destinos y negocios que beneficien a sus habitantes y fortalecer la comunidad que existe en el camino.

Hoy no me levanté para subir a Bebedero. Pero la noticia del teleférico me hizo pensar otra vez en ese amanecer y en todo lo que San José todavía podría descubrir de sí misma.

Quizás la oportunidad sea mucho más grande que construir un teleférico. Quizás podamos crear un nuevo lugar de encuentro para la ciudad.

Porque el mejor antídoto contra la gentrificación no es dejar de mejorar nuestros barrios. Es construir una ciudad donde las comunidades también puedan disfrutar de lo que el desarrollo hace posible.