Quiero terminar con todo”.
Mayi se salió de la línea de producción y le pidió al supervisor que hablaran afuera. Ahí empezó a llorar. Él le preguntó si se refería a quitarse la vida. Mayi solo lloró más fuerte.
Mandamos a Mayi al hospital en una ambulancia privada, con alguien de las brigadas de emergencia, porque no admiten que los pacientes viajen sin acompañante. Mayi no tiene red de apoyo ni contacto de emergencia. Dice que nadie de su familia le habla. Esperaron horas en el hospital y Mayi se aburrió de esperar y decidió irse para la casa.
Mientras tanto, en la oficina, nos reunimos para acordar algunas reglas básicas sobre cómo manejar la situación de Mayi:
- Ninguno de nosotros es especialista en salud mental ni sabe cómo tratar estas crisis.
- Si Mayi se pone mal, hay que recurrir a la brigada o a Recursos Humanos.
- Si ocurre una tragedia, no es culpa de la empresa.
- Los problemas de salud mental son como tener la presión alta: enfermedades que se tratan y se controlan. No se quitan poniéndole ganas ni dejando de pensar tonteras. No son falta de oficio. No son debilidad.
- No se permiten chismes ni rumores. Nadie puede juzgar a Mayi ni opinar al respecto.
- Vamos a darle a Mayi días con goce de salario para que traiga un dictamen médico con su diagnóstico y recomendaciones aplicables al trabajo.
Mayi regresó un día antes de que se le venciera el permiso. No le dijo a nadie que había vuelto. Una compañera la encontró en el baño hecha un mar de llanto. Le recordamos que era importante lo del documento del médico y la mandamos para la casa en taxi.
Casa. Se dice fácil cuando casa es una familia que te espera, te quiere, te chinea, te apoya. Un lugar de risas, abrazos, bromas y, sí, a veces también lágrimas. Una luz que no se apaga hasta que llegués. Comidita caliente. Alguien que se sienta con vos a comer y a preguntarte cómo te fue, que te escucha mientras le contás tus cositas. Mayi vive sola, en un apartamento. Recién se independizó.
Se venció el permiso con goce de salario. Mayi volvió con unas marcas en las muñecas. Había tratado de cortarse las venas, pero no pudo. También trajo una referencia médica del especialista.
La referencia incluye el historial de Mayi: violencia, abandonos, maltratos, abuso de sustancias, antecedentes familiares similares, problemas para seguir el tratamiento, abandono de citas y de esquemas terapéuticos, y múltiples intentos previos de suicidio. Mayi es una chiquilla que no llega a los 25 años.
El documento describe el tratamiento que se le indicó y los beneficios para Mayi de ir a trabajar todos los días. Pero el doctor no la ve como llega a trabajar: aturdida, somnolienta, mareada, tambaleándose, con las manos temblorosas. Mayi explica que son los efectos secundarios del medicamento mientras se acostumbra. Tranquila, Mayi, mejor te vas a la casa, te damos permiso. Lo importante es que estés bien.
Como no vienen recomendaciones del doctor, le hacemos un estudio de puesto. Así como está, Mayi no puede concentrarse, seguir instrucciones ni controlar la calidad. Se puede caer, se puede cortar, puede dañar el equipo con el que trabaja o hacerse daño a sí misma. No tenemos dónde más ponerla a trabajar. Parece que la despediremos con responsabilidad patronal.
Mayi necesita un apoyo que la empresa no le puede dar. Parece que el sistema tampoco. Mayi tiene un salario acorde con su puesto, pero no le alcanza para consultas y seguimiento psiquiátrico privado.
Mayi lleva dos días sin venir. La podríamos despedir por ausencias y se acabó el problema. Ayer un compañero nos dijo que le contaron que Mayi tuvo una crisis terrible, que no paraba de gritar. La internaron e incluso la tuvieron que amarrar en el hospital.
Si nos ven achicopalados, es porque Mayi, todas las Mayis, nos duelen de verdad. Esa impotencia de verlas sufrir, querer ayudar y no saber cómo o por dónde empezar.





