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Agarrarse de la brocha

Todo lo vivo tiene una densidad particular. La reconocemos en un perro, en un árbol, en un hongo, en una bacteria, y sabemos que esa densidad es temporal. Pero el fin de una vida no es el fin de lo que fue: quedan la memoria, la obra, la inspiración. Quien partió sigue encendiendo algo en nosotros: un calor en el pecho, un nudo en la garganta, una luz que no se apaga.

Tener conciencia de nuestra finitud es un acto de realismo. Los generales romanos victoriosos llevaban a un esclavo que les susurraba memento mori. No se trata de morbo, sino de sobriedad. Recordar que moriremos nos protege de tres peligros que nos roban la realidad de creernos inmortales, infinitos e infalibles. También, de una trampa más sutil: olvidar que somos contingentes. Existimos porque alguien nos concibió, nos alimentó, nos educó. Dependemos del panadero, del granjero, de la hojita de culantro. Somos criaturas dentro de un tejido.

Hoy se habla de longevidad a velocidad de escape, de supercentenarios, de vivir ciento cincuenta o trescientos años. Vale preguntar cuántos cultivamos la presencia al punto de querer vivir tanto. Quien está plenamente presente – al dormir, al trabajar, al escuchar, al abrazar – no necesita aspirar a más tiempo. El presente basta. La obsesión por prolongar la vida puede ser, como gran paradoja, síntoma de no habitarla.

Algo parecido ocurre con el miedo. Ante un tigre en la ventana, el miedo nos hace actuar. Lo que nos paraliza es el miedo al miedo: anticipar una experiencia que suponemos aterradora. Con la muerte pasa igual; hay quien ni siquiera puede nombrarla. La impermanencia ofrece otro camino: nada es fijo, todo es energía en flujo. El dolor es real; el sufrimiento, opcional. Desde ahí podemos pararnos al borde de lo conocido y dar un paso curioso hacia lo que viene.

Pensar en el tiempo que queda nos devuelve a la acción. Lo que dejamos no son pensamientos, sino relaciones, árboles sembrados, caminos abiertos. El futuro no empieza en enero; empieza después del almuerzo. Ahí aparece el propósito, o la vocación entendida sin solemnidad: aquello que nuestra naturaleza nos permite hacer con más soltura y menos esfuerzo. Todos podemos dar compañía, escucha, consejo, ejemplo. Para trascender los límites de la propia piel, podemos hacer lo que aquel pintor al que le movieron la escalera: agarrarnos de la brocha. El amor, la amistad, la entrega a una causa o la fe, para quien cree, son esa brocha.

El legado no son cosas, sino lo que dejamos dicho, hecho, inspirado o plantado. Si cada persona de esta generación sembrara un árbol, dejaríamos ocho mil millones a cuya sombra nunca nos sentaremos.

Hay, sin embargo, un legado que estamos dilapidando. Durante miles de generaciones, los pueblos originarios transmitieron su saber sobre el fuego, el agua, el bosque y las plantas, pensando en las siete generaciones por venir. En apenas quinientos años interrumpimos esa transmisión, y hoy degradamos la biósfera que nos sostiene, precipitando la finitud de incontables formas de vida. Honrar a los muertos es también honrar a esos ancestros anónimos. Recuperar su sabiduría quizá sea la manera más urgente de revisar nuestro propio legado.

Artículo basado en el episodio 340 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “Recordar nuestra sabiduría ancestral”.

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